La minería, la energía y la soja traccionan. Pero las ventas minoristas Pymes caen, los salarios no se recuperan y el crédito no despega. En Mediodías Taficeños, un economista puso en palabras lo que muchos sienten y pocos explican.

Hay dos Argentinas económicas conviviendo al mismo tiempo. Una crece, exporta y atrae inversiones. La otra no llega a fin de mes. David Correa lo planteó en Mediodías Taficeños y el economista Eduardo Robinson lo confirmó sin rodeos: el consumo no repunta, los salarios siguen golpe Cados, la morosidad bancaria es alta y nadie tiene claro qué viene. «La gente vive e cvn plena incertidumbre, a ver qué va a pasar la semana que viene», dijo Robinson, «y nadie sabe nada.»
El punto de partida fue un dato concreto: las ventas minoristas Pymes registraron una nueva contracción interanual del 1,2% según un relevamiento de la Cámara Argentina de la Pequeña y Mediana Empresa. Cinco meses consecutivos de caída. Un número que, lejos de ser un tecnicismo, describe con precisión el estado de ánimo de comerciantes, familias y trabajadores en todo el país.
La película heterogénea que el gobierno no está sabiendo explicar
Robinson eligió una metáfora precisa para describir lo que está pasando: una película heterogénea. Sectores como la minería, la energía y el agro traccionan con fuerza, pero son industrias que generan poco empleo. Del otro lado, el comercio, la industria textil y los rubros más intensivos en mano de obra siguen sin despegar.
«Son los costos de un proceso de transición», explicó el economista. Argentina está pasando de una economía cerrada, con emisión monetaria y alta inflación, a una economía más abierta. Ese tránsito tiene ganadores inmediatos y sectores que quedan rezagados. El problema, según Robinson, no es solo el modelo: es que el gobierno no está comunicando los tiempos ni los mecanismos de recuperación para los que todavía no ven resultados.
«Al programa económico le está faltando algo más», señaló. Cuidar las cuentas públicas y frenar la emisión no alcanzan. Falta una política productiva que fortalezca los sectores mano de obra intensivos y le dé a la actividad económica una lógica más homogénea.

El consumo que no arranca y el crédito que no fluye
Los números que Robinson describió son elocuentes. Los salarios todavía no recuperaron el poder adquisitivo perdido. La morosidad bancaria sigue alta. Las tasas de interés, con un costo financiero total de entre el 80 y el 100%, hacen que el crédito no logre reactivarse. Los bancos tampoco confían: la inflación, que registró un fogonazo en el primer cuatrimestre y que se proyecta en un piso del 30% anual, no da certezas suficientes para prestar a largo plazo.
El resultado es un círculo que se retroalimenta: sin crédito accesible, el consumo no sube. Sin consumo, las Pymes no venden. Sin ventas, no hay empleo. Sin empleo, el salario no sube. Y sin salario, el consumo tampoco.
La palabra que lo define todo
Al final de la entrevista, David Correa introdujo una palabra: confianza. Robinson la tomó con cuidado, pero fue directo. En economía, la confianza no es un intangible secundario: es el combustible de la inversión, del crédito y del consumo. Cuando falta, todo se frena.
«Si los agentes económicos no tienen confianza, lamentablemente se frena la inversión, el consumo cae vertiginosamente, se frena el crédito», explicó el economista. Y agregó algo que resume el momento: el gobierno todavía no logró instalar perspectivas de mediano plazo. La gente no puede planificar porque no sabe qué viene. Y cuando no se sabe qué viene, lo más racional es no gastar, no invertir, no arriesgar.
«Nadie sabe nada», dijo Robinson. Y en esa frase, sin quererlo, quedó retratado el principal desafío económico del momento.
