El poeta taficeño Sergio Lizárraga dialogó en Mediodías Taficeños sobre sus cuatro libros, la poesía mística y un quinto poemario en camino.

Sergio Lizárraga: «El silencio te lleva a las preguntas y a verte a vos mismo»
Hay escritores que llegan a la literatura después de un largo rodeo. Y hay quienes nacen dentro de ella, como quien nace en una casa que ya tiene sus paredes, su luz particular, su propio olor. Sergio Lizárraga pertenece a este segundo grupo. El poeta taficeño dialogó con David Correa en Mediodías Taficeños y, en una conversación que osciló entre la intimidad y la hondura, dejó en claro que la escritura no es para él una elección sino una condición de existencia.
Un lector precoz en una casa sin libros para niños
Lizárraga aprendió a leer y a escribir antes de entrar al jardín de infantes. Sus hermanas mayores le enseñaron, sin proponérselo demasiado, jugando. Algo en ese aprendizaje temprano encendió una llama que no se apagaría más. A los cinco años ya soñaba con ser escritor. A los seis leyó Corazón de De Amicis. A los ocho, La casa del ángel de Beatriz Guido, un libro que no tiene ningún destino de infancia. A los nueve recorría Boquitas Pintadas y la prosa filosa de Roberto Arlt.
En su casa no había libros para niños, y eso, que podría haber sido una privación, resultó ser el mejor regalo posible. «Soy un niño que descubrió la literatura para niños después», dijo con la serenidad de quien ya hizo las paces con su propia rareza.
Cuatro libros, cuatro convicciones
Con veinticinco años de trayectoria docente —buena parte de ellos dedicados a la formación de formadores—, Lizárraga ha construido una obra poética de cuatro títulos, cada uno publicado en editoriales que no operan por encargo sino por convicción.
El primero, Poemas de Lodebar (Alción, Córdoba, 2014), vio la luz en una casa editorial que ocupa, dentro del universo de la poesía argentina, algo parecido a un lugar de culto. El segundo, En tajos a la sed, fue editado por Del Dock en Buenos Aires en 2017. El tercero, Panes mojados, nació en 2021 bajo el sello del Ente de Cultura de Tucumán. Y el cuarto y más reciente, Todavía hijo, fue publicado por Puerta roja en 2025, aunque escrito en 2019.
Entre la escritura y la publicación siempre median años de corrección, de lecturas externas, de espera deliberada. «Me demoro en publicar porque escribo libros conceptuales», explicó, y en esa frase cabe una ética entera.
Todavía hijo es el libro que más lejos ha llegado y más adentro ha calado. Recorrió ferias del libro en Jujuy, Salta, Catamarca, Santiago del Estero y Buenos Aires, y recibió críticas en medios literarios del país y el exterior. En Tafí Viejo fue presentado en la Casa de la Cultura —con Fernando Matiussi como presentador— ante más de cuarenta personas que desafiaron ocho grados y lluvia para estar ahí. El poemario orbita alrededor de la figura del padre, con minúscula y con mayúscula, y aborda la orfandad con una delicadeza que solo es posible cuando el dolor ya fue procesado por la palabra. Al cierre de la entrevista, Lizárraga leyó en vivo uno de esos poemas:
«Mi lengua, padre, ya no puede navegarte.»
El silencio que siguió habló por sí solo.
El silencio como territorio espiritual
Porque el silencio es, acaso, el gran tema transversal de su vida y de su obra. Lizárraga escribe poesía mística —una búsqueda espiritual a través de palabras despojadas, que no es necesariamente religiosa pero sí profundamente humana— y ha viajado por monasterios y conventos para estudiar de cerca cómo el silencio cobra sentido en esos espacios. Su primer libro nació, precisamente, de una retirada de varios meses en un monasterio. No como fuga del mundo, sino como método de encuentro con él.
«El silencio te lleva a las preguntas. Y hay mucha gente que tiene mucho miedo de verse a sí misma. Por eso necesita el ruido.»
En un tiempo en que los estímulos compiten por colonizar cada segundo disponible, esa convicción suena casi contracultural. Pero Lizárraga no la presenta como una postura: la habita. Escribe todavía en papel, con lápiz en mano, porque la cabeza, dice, funciona de otra manera cuando tiene algo concreto que sostener. Y encuentra en el silencio de las yungas taficeñas el mismo ejercicio contemplativo que en el silencio monástico: dos formas distintas de una misma práctica espiritual, la de conectarse con lo esencial, que muchas veces termina siendo muy poco, pero termina siendo lo importante.
Cafés literarios, una columna y un quinto libro en camino
Fuera de la escritura, Lizárraga mantiene una columna de poesía contemporánea tucumana en el medio Fuga y organiza cafés literarios con frecuencia, espacios donde la palabra circula entre voces diversas. Este miércoles habrá uno en el CEJA 9 de Julio, en calle Catamarca, con talleristas, narradoras, músicos y un poeta que acaba de salir de un contexto de encierro.
Además, un quinto libro está próximo a llegar a imprenta con una editorial tucumana independiente cuyo nombre prefirió reservar por ahora, pero que se inscribe en ese ecosistema editorial joven y vigoroso que lo entusiasma genuinamente. «He descubierto lo mágico de publicar en tu tierra», afirmó.
Y Tafí Viejo, que lo vio treparse a un gomero de niño para leer en paz, lo sigue contando entre los suyos.
